Lanzarote parece otro planeta: coladas de lava negra, viñedos plantados en ceniza y montañas de fuego que parecen recién apagadas. Y no hay mejor forma de descubrirla que a bordo de un buggy, recorriendo caminos que los autobuses no pisan.
El Parque Nacional de Timanfaya es el corazón volcánico de la isla. Aquí la tierra todavía guarda calor a pocos metros de profundidad. Desde el buggy accederás a miradores y pistas con vistas que quitan el hipo, mientras el guía te cuenta la historia de las erupciones del siglo XVIII.

Uno de los paisajes agrícolas más singulares del mundo: cada vid crece en un hoyo protegido por un muro de piedra volcánica. La ruta atraviesa La Geria, la comarca vinícola donde nacen los famosos vinos malvasía de Lanzarote.

La imagen de cada vid en su hoyo, protegida por un pequeño muro de piedra, es una de las postales más fotografiadas de la isla. Muchas bodegas ofrecen cata de malvasía al final de la ruta.
La ruta suele acercarse al Golfo, un cráter abierto al mar con una laguna verde intensa por las algas, y a las playas de arena negra del oeste. Un contraste brutal de colores.

Lanzarote es indisociable del artista César Manrique, que integró arquitectura y naturaleza en obras como los Jameos del Agua o el Mirador del Río. Su influencia explica por qué la isla no tiene grandes rascacielos y conserva un paisaje tan armónico.
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Si te queda tiempo, la isla ofrece mucho más: